La voz de la raíz se hizo mujer en un Teatro La Merced sin aliento
La voz de la raíz se hizo mujer en un Teatro La Merced sin aliento.
El Centro Flamenco La Merced vivió una de esas noches que no se cuentan… se sienten. Aforo completo, sin entradas, y un público entregado desde el primer compás para recibir “Cante de Mujer”, una propuesta que convirtió el escenario en un lugar sagrado donde habita la memoria.
Las voces de Naike Ponce, Teresa Hernández y Pilar “La Jineta” no solo interpretaron cantes: los devolvieron a la vida. Nanas, pregones, romances… ecos antiguos que regresaron con una verdad desarmante, como si cada letra hubiera esperado este momento para volver a ser dicha.
La puesta en escena, íntima y profundamente emocional, fue sosteniendo la noche como quien cuida una llama. La guitarra de Daniel Bommatti y la percusión de David Gavira acompañaron desde el respeto, dejando espacio a lo esencial: la voz… y lo que la voz no alcanza a decir.
Y entonces… ocurrió.
La voz de Pilar “La Jineta” se quebró en emoción y atravesó el teatro. No fue un cante más. Fue un hilo directo al pecho. Un susurro que se volvió herida, recuerdo, madre… origen. Hubo miradas que se bajaron, respiraciones contenidas, y ese silencio que solo aparece cuando algo nos toca de verdad.
Poco después, Teresa Hernández tomó la guitarra. Sin artificios. Sin distancia. Y desde ahí, arrancó un cante sentido, desnudo, de esos que no se aprenden… de esos que se viven. El tiempo se detuvo. Cádiz entera parecía caber en ese instante.
Y cuando parecía que ya estaba todo dicho, Naike Ponce dio un paso al frente… y el cuerpo habló.
Arrancó el baile como quien no puede contener lo que le habita. No fue coreografía: fue impulso, fue latido, fue raíz que se desbordaba por los pies. Su baile no llenó el escenario… lo rompió. Y en ese romperse, el público se encontró con algo antiguo y nuevo al mismo tiempo: la libertad.
La noche fue creciendo en emoción hasta convertirse en un abrazo colectivo. Un público entregado, en pie, sosteniendo con su mirada lo que estaba ocurriendo arriba. Y al final, la escena más humana: un selfie desde el escenario con un teatro lleno de rostros que ya no eran espectadores, sino parte de la historia.
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